Para los Pitagóricos: “el alma es armonía”; para Platón: “el alma tiene armonía”.

 

Por su carácter complejo y polifacético, la música ha sido objeto especial de estudio desde la antigüedad. En su Política, Aristóteles habla de distintos estados de ánimo provocados por el efecto de las escalas musicales griegas, al ser empleadas durante la práctica musical. Estas escalas, o modos, toman sus nombres de distintas Ciudades-Estado de la Grecia antigua, dando origen a los modos dorio, frigio, lidio, mixolidio, entre otros. Pensemos en la música folklórica de nuestros días; hablamos de repertorios conservados en áreas geográficas delimitadas, de estilos nacidos a partir de las tradiciones del lugar y de ciertas circunstancias, como los tipos de instrumentos musicales disponibles. La atención hacia los modos griegos renace en la era moderna, conservando una nomenclatura de carácter geográfico; sin embargo, las escalas musicales griegas no nacen del pueblo, como sucede en la música folklórica de distintos tiempos, sino que descienden directamente de los dioses

Acerca del modo mixolidio, por ejemplo, Aristóteles anota en su Política que, sobre los oyentes que lo escuchan, “algunos se sienten más tristes y más graves”. Al dorio atribuye “un estado de ánimo intermedio y recogido”, y al frigio, que “inspira el entusiasmo”. Apunta también que: “Es evidente que debemos servirnos de todas las melodías, pero no debemos emplearlas todas de la misma manera, sino utilizar las más éticas para la educación, y para la audición, ejecutadas por otros, las prácticas y las entusiásticas” (Política, 1342a1-5). 

Para Aristóteles el dorio resultará el más ético, al poseer gravedad de registro sonoro: “para la educación… hay que utilizar las melodías éticas y los modos musicales de la misma naturaleza; tal es el modo dorio” (Política, 1342a30). También señala que: “Respecto al modo dorio, todos reconocen que es el modo más grave y es el que mejor expresa el carácter viril” (Política, 1342b10). Ahora bien, sabemos que los modos estaban asociados a códigos sociales rigurosos en ciertas regiones, y que no debían ser alterados por los intérpretes: 

 

“Las leyes de Esparta, por ejemplo, ordenaban que la música que escuchaban los ciudadanos se apegara al modo dorio. Terpandro, poeta del siglo VIII. a. C., desafió estas normas y añadió una cuerda a su lira… a pesar de haber prestado un servicio tan valioso a la ciudad, no se le perdonó haber transgredido la ley y, por tanto, se hizo acreedor a una  multa  por  haber  violentado  la  sobriedad  del  modo  dorio.”  (Zagal,  H.,  Open  Insight, Volumen X, N.19, mayo-agosto 2019, pp. 151.)

 

De todo lo anterior se infiere que la música es capaz de detonar ciertas cualidades del alma, y que si esto es, es entonces necesario que los jóvenes tengan una educación musical. 

Es interesante mencionar que en la Edad Media, el canto eclesiástico utilizó un sistema de escalas similar al griego. A estas escalas las conocemos como “modos eclesiásticos”, o bien, “modos gregorianos”, que no griegos, en honor a San Gregorio, compilador de dicho repertorio. De entre estos, el más usado es conocido como “Protus auténtico”. La razón para su predilección refiere a la regularidad de su estructura interna, es decir, al arreglo entre sus notas, el cual resulta simétrico: re, mi, fa, sol, y la, si, do, re. Se trata de siete notas (la inicial repite al final) que están separadas a distancia de: tono, semitono, tono y de nuevo: tono, semitono, tono. Es probable que también el modo dorio de los antiguos griegos haya sido objeto de predilección, no sólo por su gravedad de registro, sino por su estructura “armoniosa”; que siendo más regular que otras, resultó ser más estético.

El libro octavo de la Política queda incompleto, pero parece encontrar un final suficiente al concluir que: “Está claro, pues, que debemos fijar en la educación estos tres límites: el término medio, lo posible y lo conveniente”. (Política, 1342b32-33)

 

De música se habla sin bemoles